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Domingo XI del Tiempo Ordinario

Primera lectura: Ezequiel 17, 22-24
Segunda lectura:  2 Corintios 5, 6-10
Evangelio:  Marcos 4, 26-34

Escucha

Yo tomaré un renuevo de la copa de un gran cedro, de sus más altas ramas cortaré un retoño. Lo plantaré en la cima de un monte excelso y sublime. Lo plantaré en la montaña más alta de Israel. Echará ramas, dará fruto y se convertirá en un cedro magnífico

Que cómodo y qué lindo resulta decir: El Padre me plantará y hará de mí un gran cedro. Y sí, esto es verdad, pero ESCUCHA lo que te dice un poquito antes. “CORTARÉ”: te arrancará de donde estás, de ese lugar que para ti es conveniente, es seguro, “ES TUYO” y claro que esto dolerá y claro que tu mundo desaparecerá bajo tus pies. Tu castillo de arena será destruido por una bala de cañón y es justo en ese momento cuando encuentras solo derrota, que debes acoger a tu Señor, oírlo mientras te cuenta los grandes planes que tiene para ti, saber que vienen de su amor. Aunque no los entiendas, aunque estén contrarios a todos tus planes Él te enamorará, te plantará, darás fruto y te convertirás en Su “cedro” magnífico.

¿Te sientes arrancado hoy? ¿Dios te está repletando en Su monte? ¿Lo logras escuchar? Acoge hoy la voz de tu Padre que en medio de la incertidumbre por los cambios que está teniendo tu vida, te sigue hablando, llamando, AMANDO…

Contempla

Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía

¿Alguna vez viste cómo un bebé recién nacido “mira” lo que le rodea? Si la respuesta es afirmativa déjame y te digo no viste lo que creías pues un neonato no ve prácticamente nada. Lo mueve su instinto, el olor de su madre, la voz de quien lleva meses escuchando, la seguridad que ella le da. Podemos decir que se deja guiar por la FE en mamá. No somos muy distintos a ese bebé cuando estamos en las manos de ABBÁ, somos ciegos, pero nos dejamos llevar por Él ¿O no?

Contempla tu realidad, sal de ti y mírala desde fuera como esa serie que tanto te gusta. Busca esas “escenas” de oscuridad, de sombras, de neblina, escudriña, adelanta y atrasa, una y otra vez, como si tuvieras un control remoto, las imágenes que menos te gustan y justo ahí en el instante más negro, detente. Es el momento ideal para sentir a Dios, para dejarte guiar por tu fe. Es cuando te sientes verdaderamente un niño indefenso y con los ojos tapados que debes decir como Carlos de Foucauld: “Padre mío me abandono a ti, haz de mí lo que quieras…” 

Al mirar hoy hacia atrás ¿Cuántas veces lograste descubrir que en medio de tu nada Él se hacía todo, te tomaba de la mano y te llevaba? Y ahora en el camino que tienes ante ti, al intentar ver cuánto queda por andar ¿Ves algo, está claro el camino? ¿Quieres seguir si voz, su olor, quieres poner en Él tu fe?  

Vive

¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas, pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos…

Nuevamente Cristo en su afán constante de acercarnos al Reino, al Padre, lo pone todo a nuestro nivel, a nuestro entendimiento y nos muestra cómo lo pequeño, lo prácticamente insignificante es engrandecido si dejamos trabajar a Dios.

Tú fuiste tierra donde alguien, en algún momento, puso una semilla. Quizás fue tu abuela, como nos pasó a muchos niños cubanos, o tal vez fue una de las monjitas que se mudaron a tu pueblo o a tu barrio o quizás un aire fresco la arrastró hasta ti. Pero eso no bastó. Tú te ocupaste de ser buena tierra, de aumentar la cantidad de luz solar. Regaste constantemente el terreno, lo limpiaste con frecuencia y al menos una vez por semana lo fertilizaste y claro está, acogiste con alegría al “Jardinero” 

Ahora estás llamado a llevar las semillas, la alegría del Reino a otros. Te invito a vivir esta semana regalando cada día a alguien un poco de lo que ha crecido del Reino en ti. Lleva una palabra de aliento, una oración. Comunica al mundo la paz tras la confesión. Que tu comunión no se limite al sacramento, sino que sea una verdadera común unión y al final del día pregúntate ¿Acogí hoy a mi Dios?  ¿Dejé trabajar a mi Señor?  

Solemnidad del Sagrado Corazón

La Brújula del Cristiano

¡Propuesta para orar con la Palabra!

Que, si la lanza, mi Dios,

el corazón pudo herir,

no pudo el amor morir,

que es tan vida como vos.

Anduve de puerta en puerta

cuando a vos no me atreví;

pero en ninguna pedí

que la hallase tan abierta.

Pues, como abierto os he visto,

a Dios quise entrar por vos:

que nadie se atreve a Dios

sin poner delante a Cristo.

 Lope de Vega y Carpio

Cada domingo, de esos regalos que hace el Señor, llevo la Eucaristía a una anciana de la parroquia. La escena es surrealista: no hay nada (ni TV, ni refrigerador, ni ventilador…), solo su butacón y un cuadro enorme del Sagrado Corazón. La anfitriona, cada domingo, cuando me ve llegar con su Señor en el bolsillo, parece olvidar que no posee nada, mira a su Sagrado Corazón, alza sus brazos y exclama: ¡gracias, mi Señor, Tú lo eres todo! Invariablemente, cada domingo.

Hoy, en Cuba, nuestros corazones se pierden en muchísimas cosas: miedos, dudas, desesperanza, ira, escepticismo, tristeza…… ¡Antes de perdernos en todo ello, miremos al Sagrado Corazón abierto de Cristo! Si vamos a perdernos, ¡que sea allí! No se trata de huir de esta realidad que se nos impone con una crudeza impresionante, se trata de no olvidar lo que nos sostiene y lo único que nos hará capaces de sostener a los que tienen menos que nosotros. Alcemos los brazos y exclamemos en medio de todo lo que vivimos: ¡mi Señor, Tú lo eres todo!

Hoy no vale la pena decir mucho … solo perderse en Él, en Su Corazón abierto, en el Amor vivo.

Primera lectura: Oseas 11,1b.3-4.8c-9

Segunda lectura: Efesios 3, 8-12.14-19

Evangelio: Juan 19, 31-37 

Escucha                                                    

Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas.

La primera lectura de hoy es de una ternura infinita. Te invito a releerla como quien escucha embobado a un papá primerizo hablar de su bebé: Cuando Israel era joven lo amé … lo alzaba en brazos … me inclinaba y le daba de comer …

¡Qué consuelo escuchar, en medio del dolor que hoy sentimos en Cuba, que a nuestro Dios se le revuelve el corazón y se conmueven sus entrañas! ¡Qué fuerza brota de saberse acompañado por Dios en medio de la tormenta! ¡Qué fuente inagotable de vida saberlo cercano!

No tenemos un Dios impasible, imperturbable, lejano, inamovible. Nuestro Dios sufre con nosotros, y saber esto no resuelve ningún problema concreto, ¡pero cambia radicalmente la existencia! La soledad no existe, la incomprensión no existe, el vacío no existe: Él está, Él comprende, Él sostiene. En Su Corazón hay lugar para llorar y hay consuelo para regresar y vivir.

Queda ahí, escuchándole. No tengas prisa en responder, escúchale y deléitate en ello. Después, canta con el profeta (Isaías 12, 2-3.4b-6):

Él es mi Dios y salvador:

confiaré y no temeré;

porque mi fuerza y mi poder es el Señor,

él fue mi salvación.

Contempla

… doblo las rodillas ante el Padre, (…) pidiéndole que (…) Cristo habite por la fe en sus corazones, que el amor sea su raíz y su cimiento; (…) comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano.

Dos caminos posibles tienen las crisis: la superación y el crecimiento de quien logra atravesarla en la virtud, y el miedo que domina y deriva en egoísmo que hace que olvidemos a los que viven en crisis a nuestro lado. ¡La línea es delgada entre ellos, y por momentos podemos caminar en uno y otro sendero! Es natural el miedo, es comprensible la ceguera que produce, es “humano” ser vencido por la fuerza que oprime. Solo la Gracia nos puede salvar.

Como Pablo, es tiempo de doblar las rodillas, para pedir con insistencia que Cristo habite nuestros corazones. Como Pablo, solo doblando las rodillas haremos del amor nuestra raíz y nuestro cimiento. Como Pablo, de rodillas viviremos lo que trasciende: el amor cristiano.

Dobla tus rodillas hoy. Pide al Padre, de la manera que puedas (a veces solo se puede con el silencio), que Cristo habite nuestros corazones: el tuyo y el mío, el de la Iglesia, el de todos…

Vive

…al llegar a Jesús, (…) uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

El corazón abierto de Cristo es la Puerta ancha hacia el Padre. Una lanza perforó el corazón de Cristo en Cruz, y de él brotaron sangre y agua: imágenes semíticas de la vida natural, imágenes patrísticas del Bautismo y la Eucaristía, sacramentos de la vida sobrenatural. ¡Del costado abierto de Cristo brotó Vida! Si nuestra llamada es a seguir a Cristo, ¿no estaremos llamados también a dejarnos herir el costado, y en el proceso dar Vida?

La propuesta es extremadamente difícil: ofrecerse mansamente, dejarse herir, y encima de ello, generar Vida. Y sin embargo, ¿hay otra manera de seguirle? En Cristo no solo encontramos un Corazón que nos acoge y un Amor que nos habita, también una petición: hacernos semejantes a Él, acoger a otros y hacer que el Amor los habite. Eso, irremediablemente, implicará la herida. Pero también, irremediablemente, generará Vida.

Corpus Christi

“Esta es mi última plegaria que los que ven recitan:

el Dios raíz ha dado fruto, vayan a lo lejos a tañer campanas;(…)

El Dios raíz ha dado ya su fruto: Sean graves y miren.”

Rainer María Rilke 

Primera lectura: Éxodo 24, 3-8

Segunda lectura: Hebreos 9, 11-15

Evangelio: Marcos 14, 12-16.22-26

  Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi, como siempre, acercarse a la Palabra y al Misterio nos deja casi sin palabras, entonces, solo podemos balbucear aquello, que compartido, nos da la mano para asomarnos, para dejarnos abrazar y enamorar por el Misterio.

    Hoy, orar con la Palabra va de sentarnos a la Mesa a contemplarle, va de hacer de la Mesa asombro, abrazo, fiesta; de hacer del altar, un Gracias; de las manos, ofrenda; de la llamada, respuesta; de la fracción, compromiso; del Misterio, de Su Amor, la manera.

Detente, escucha

En aquellos días Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos y el pueblo contestó a una: «Haremos todo lo que dice el Señor».

Hoy no es Moisés, es Jesús mismo el que cuenta, con su vida, lo que el Padre le ha dicho, el deseo del Padre. Es Cristo mismo el que trae al altar la voluntad del Padre hecha vida. Es Él quien pone el mandamiento nuevo sobre la mesa: “en el Amor que se da está la Vida…hagan esto…”. Y nosotros susurramos temerosos: Amén… “haremos lo que dice el Señor”.

 ¿Estamos dispuestos a hacer lo que dice el Señor, a todo que pide cada vez que se parte, que se eleva? ¿A hacer nueva, real, creíble la entrega? Algo tiembla dentro, es demasiado grande la propuesta, solo de “rodillas” podremos decir sí al Misterio, es por Él, con Él y en Él.   

Mira, contempla

Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo.» Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos.»

Todo está precedido de deseo, preparación, comunidad, “con sus discípulos”. Así, acerquémonos a contemplar…

  Preparemos el lugar, pongamos la mesa; invitemos, dejémonos invitar por aquellos con los que el corazón entra profundamente en comunión con el Misterio; llamemos a otros, a los que necesitamos amar y solo podremos cerca del Misterio. Aquella noche tuvo mucho de eso:  compartir la mesa y el mantel con un grupo, que al menos en principio, se quería” (José Ma. Castillo)

   Mirémosle, contemplemos el Amor tan inmenso de Quien se queda en la fragilidad del pan, de un Dios que decide dejarse comer por amor a ti y a mí, que se derrama para dar sabor a la vida, que se sienta en medio y dice que es para siempre, para que amemos siempre. ¡Es tremendo!!! Pídele que eso no se te haga común, que nunca deje de descolocarte… Si Dios, si Jesús de Nazaret, es capaz de humildad y locura tales por Amor… ¿Cómo podemos seguir nosotros titubeando, justificándonos para no entregar la vida?

  “Descálzate” … “Arrodíllate” … “Aprende” … “Déjate abrazar y guiar por el Misterio.”

Vive

Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre (…) No usa sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia, así ha entrado en el santuario de una vez y para siempre

¡Más grande y más perfecto! ha hecho de la vida, de la realidad, de la cotidianidad, tabernáculo donde se entrega y nos espera. Vayamos, vivamos lo que celebramos vivamos entregándonos; dejándonos comer para dar vida; compartiendo el pan, en realidades “de hambre” tan fuertes, poniendo la mesa para todos, donde todos se empeñan en decir algunos.

Que no tengamos miedo, o mejor que aún con miedo, no dejemos de obedecer el Misterio, y que como Él lo hagamos no con discurso, sino con vida, no con ideología sino con nuestra propia sangre. Solo ahí está la vida para siempre. 

Recemos, junto al salmista, con mucha humildad, este deseo:

Del Salmo 115

Alzaré la copa de la salvación

Invocando el nombre del Señor.

Cumpliré al Señor mis votos

en presencia de todo el pueblo.

Solemnidad de la Santísima Trinidad

La Brújula del Cristiano

¡Propuesta para orar con la Palabra!

Primera lectura: Deuteronomio 4, 32-34.39-40

Segunda lectura: Romanos 8, 14-17

Evangelio: Mateo 28, 16-20

Escucha

¿Algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios… como todo lo que el Señor, su Dios, hizo con ustedes en Egipto, ante sus ojos?

Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, el misterio de Dios. Cada vez que invocamos su presencia para orar lo hacemos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios es uno sin ser solitario, sino que forma una comunidad. En Dios la diversidad no se anula para dar lugar a la uniformidad, sino que se hace danza, diálogo, relación.

Las lecturas de hoy nos hablan de cercanía, de amistad, de promesa. Moisés invita a Israel a no perder la memoria de cómo Dios ha caminado junto a su pueblo. Jesús nos asegura una presencia discreta pero que no nos abandona. La comunión que es Dios Padre con el Hijo y el Espíritu se expande para alcanzar al ser humano. ¿Has experimentado en tu vida esta presencia amorosa de Dios?

“¿Algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios… como todo lo que el Señor, su Dios, hizo con ustedes en Egipto, ante sus ojos?”

“Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.”

Contempla

Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios

Nuestra experiencia de amar y ser amados es la mejor ventana para acercarnos al misterio de la Trinidad. El amor hacia otra persona implica desearle todo el bien posible, quererla por el simple hecho de que existe, gozar sencillamente de su compañía. El amor que supera el egoísmo no busca dominar ni moldear al otro/otra a nuestra imagen y semejanza, sino que respeta y arranca de nosotros la mejor parte. El amor nos humaniza. El amor no se puede encerrar, necesita ser fecundo, expandirse.

Dios es amor, pero no como un atributo entre otros muchos sino como su realidad más profunda. El Padre ama al Hijo y le regala cuanto posee. El Hijo no puede vivir sin mirar al Padre con profundo cariño y agradecimiento. Este lazo de amor es el Espíritu, que habita en nuestro interior para llevarnos hacia Dios.

Vive

Id y haced discípulos de todos los pueblos

¿Has experimentado el deseo de compartir la vida con otros, de crear algo juntos, de soñar y enriquecerse mutuamente cuando cada quien da lo mejor de sí? ¿Has sentido la invitación de superar las barreras de la indiferencia, de la ignorancia, de los prejuicios hacia quien es distinto?

Por el bautismo fuimos sellado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Esto es un regalo y al mismo tiempo una misión. No buscamos imponer la uniformidad destruyendo la diversidad, ni aislarnos unos de otros. Los cristianos somos artesanos de comunión con todos, porque todos salimos de las manos de Dios, uno y trino.

Oramos juntos

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Domingo IV de Pascua: el Buen Pastor

Primera lectura: Hechos 4,8-12
Segunda lectura: 1 Juan 3,1-2
Evangelio: Juan 10,11-18

Escucha

Bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.

En la primera lectura de hoy escuchamos a Pedro, el discípulo apasionado que da testimonio del Resucitado ante las autoridades religiosas de su tiempo. Al ser interrogado por sus obras, él no se vanagloria ni se llena de orgullo ante la posibilidad de hacerse famoso y popular. El discípulo, luego del encuentro con el Resucitado, obra el bien para gloria de Dios y ahí encuentra su felicidad. ¿Qué es lo que más deseo ahora mismo en mi vida? ¿Qué pudiera darme la felicidad que quiero alcanzar?

Muchas veces no somos conscientes de la experiencia maravillosa que significa conocer a Jesús. Intenta hacer silencio, escucha a tu corazón responder nuevamente las preguntas del inicio. Ese deseo, ese gozo es posible alcanzarlo de una manera más plena, en Cristo en quien nos sentimos amados plenamente por Dios Padre. Muchos no lo han conocido, otros tantos no lo han aceptado e incluso lo han renegado. ¿Y yo, quiero ser salvado por Su nombre?

Contempla

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer

Hemos escuchado tal vez muchas veces que el amor es libre y libera. Hoy Jesús nos lo recuerda al compararse con un buen pastor. Te invito a releer con detenimiento el Evangelio de hoy. ¿Las palabras de Jesús te hacen sentir seguro, protegido? ¿Qué sentimientos afloran en ti al saber que Jesús te ama hasta dar la vida por ti sin ser un “asalariado”? Nota un detalle: sus ovejas lo conocen. ¿Reconoces la voz de Jesús en tu vida cotidiana? ¿En qué lugar, momentos, a través de quiénes puedes escuchar la voz del Buen Pastor?

En el círculo de amigos que tienes, cuántos conocen y siguen a Jesús y cuántos no. En tu barrio, en tu centro de trabajo o estudio, cuántos son cristianos. Contempla cuántos a tu alrededor no son discípulos de Cristo y pregúntate: ¿Qué puedo hacer para que ellos conozcan, amen y se confíen a Dios, a su Hijo, al Espíritu Santo? ¿Cómo puedo ayudar a que se acerquen al Buen Pastor?

Oremos hoy por tantos misioneros y consagrados que anuncian a tiempo y a destiempo la Palabra de Dios. Para que Él no deje de enviar consagrados al anuncio de su Reino.

Vive

Seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es

Si nosotros queremos alcanzar la salvación de Dios, mucho más quiere Él que nosotros gocemos de su amor pleno. ¿Cuáles son los signos que hacen que otros no reconozcan en mí una persona de fe, que me alejan de la santidad? ¿Cuáles son los frutos de mi actuar cotidiano? En el hoy, muchos, por mí testimonio de vida, pueden conocer a Jesús.

Que cuando estemos cara a cara con el Señor podamos entregarle nuestras buenas obras y podamos confiarnos en su misericordia. Vive con la ilusión de un día poder gozar del gran regalo que Él nos tiene prometido.

Oremos con el salmo 117:

Tu eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

¡Esta es la noche!

¡Propuesta para orar con la Palabra!

La Resurrección de Cristo constituye el acontecimiento más trascendente de la historia humana. Y ese acontecimiento ha dado a toda una nueva esperanza: esperar, ahora, ya no significa aguardar que algo suceda. Significa estar seguros de que algo ha sucedido, puesto que “el Señor ha resucitado y vive para siempre”.

S. Juan Pablo II

Primera lectura: Génesis 1, 1-2,2
Segunda lectura:  Génesis 22, 1-18
Tercera lectura: Éxodo 14,15-15,1
Cuarta lectura: Isaías 54, 5-14
Quinta lectura: Isaías 55, 1-11
Sexta lectura: Baruc 3, 9-15.32-4,4
Séptima lectura: Ezequiel 36, 16-28
Epístola: Romanos 6, 3-11
Evangelio:  Mateo 28, 1-10

De niños, en la catequesis nos enseñan que la Vigilia Pascual es la fiesta de fiestas en el año litúrgico. Es una celebración hermosa y llena de signos en la que celebramos la victoria de nuestro Jesús sobre la muerte y el pecado. Luego de cuarenta días de preparación, de haber meditado y celebrado los misterios de la Pasión del Señor, llegamos ante el misterio central de nuestra fe: la muerte no tiene la última palabra. ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo Vive!

Escucha

¡Alégrense! Estas son las palabras que le dice Jesús a las mujeres que iban al sepulcro. La resurrección de Jesús es motivo de alegría para nosotros. Imaginemos la sorpresa de esas mujeres, de los discípulos al ver a Jesús Resucitado. A ellos que estaban recogidos por miedo, que aún no entendían lo ocurrido en el Calvario, a ellos que no lo esperaban, se les aparece el Señor Resucitado y les dice: Alégrense.

Hoy vivimos tiempos difíciles. Como los discípulos tenemos miedos, inquietudes. Hasta nos parece “cosa de locos” esperar contra toda esperanza y sonreír. Hoy Jesús sale a nuestro encuentro y nos dice: Alégrense. Escúchalo y confía. Él ha vencido la muerte y al mal.

Contempla

La liturgia de la Palabra de hoy pone delante de nosotros una síntesis de la historia de salvación de la humanidad, que vista a pequeña escala, es la historia de salvación de cada uno. Relee con detenimiento cada lectura y contempla la historia de amor de Dios por ti, por cada uno. Desde el inicio es una relación de don y de entrega sin reservas que alcanza su plenitud en Jesús. Es una historia de ternura hacia los hombres, de paciencia. ¿Cuánto ha hecho Dios para acercarse a ti? ¿Cuántas veces te ha “podado” como el sarmiento para que des frutos y tengas un corazón puro?

Hoy delante del sagrario, o en el silencio de tu habitación, cierra los ojos y déjate abrazar por el amor de Dios. Que te abrace no solo como se abraza a un amigo, sino también como abrasa el fuego. Deja que el amor de Dios encienda tu vida, tu corazón.

Vive

La Pascua es un tiempo para celebrar la vida, ese inmenso don que hemos recibido del Padre. Cada año, este tiempo nos recuerda el sueño de Dios para nosotros: que tengamos vida plena y verdadera. Ésta la alcanzamos si permanecemos unidos a Él.

Nuevamente escuchamos a Jesús decirnos: ¡Alégrense! Porque nuestra vida vale a los ojos de Dios, vale tanto que, para atraernos hacia sí, Dios entregó a su propio Hijo. No lo reservó para sí, al contrario, lo envió para darnos prueba de este amor sin límites.

En la Vigilia de Pascua renovamos las promesas de nuestro Bautismo, volvemos a decir Sí a la Vida nueva que se nos regaló. Renovemos, pues, en esta Pascua el deseo de vivir para Dios. Que en todas nuestras obras y pensamientos busquemos sacarle una sonrisa a Jesús. No olvidemos que como mismo Dios ha acompañado durante siglos la historia de la humanidad, hoy sigue acompañándote. La Pascua es también el tiempo para recordar esto: no estamos solos. Él vive y camina a nuestro lado.

Oremos con el salmo 117

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.

Viernes Santo: miren el árbol de la Cruz…

¡Dichosa Cruz que con tus brazos firmes,
en que estuvo colgado nuestro precio,
fuiste balanza para el cuerpo santo
que arrebató su presa a los infiernos!

A ti, que eres la única esperanza,
te ensalzamos, oh cruz, y te rogamos
que acrecientes la gracia de los justos (…)

Himno de la Liturgia de las Horas
Domingo de la Pasión del Señor

Nuestra mirada se alza hasta la cruz. Allí está Él, sin gracia, ni belleza, sin ningún aspecto atrayente; despreciado y rechazado por los hombres (Is 52, 13). Su cuerpo desnudo, su semblante sufriente, sus manos y pies taladrados. La cruz es su victoria, es la medida de su Amor, es el altar desde el cual brotan los sacramentos, la prédica y el ejemplo. La vía dolorosa de la cruz, es también la de la resurrección.

Primera lectura: Is 52, 13-53, 12
Segunda lectura: Hb 4, 14-16;5, 7-9
Evangelio: Jn 18, 1-19, 42

Escucha

A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegando a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen.

Obedecer es un verbo cuyo origen etimológico se halla en el vocablo latino ob audire que traducido al español significa “saber escuchar”. Cuando el Hijo obedeció, escuchó, subordinó su propia voluntad a la autoridad del Padre. Esa es la invitación que te hace Jesús: escuchad, escuchad…en tu interior, con toda tu humanidad, buscando que ella se funda con Su divina misericordia y gracia.

Contempla

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregase su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos cargando con los crímenes de ellos.

Una antigua homilía de San Juan Crisóstomo, valorando el significado de la sangre de Cristo, y comparándola con la sangre de corderos en la pascua judía, describe: Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles (…) la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos. Y es que no hay ya la necesidad de buscar un símbolo. El auténtico sentido de nuestras vidas se expresa en la Pasión del Señor: totalmente libre y por Amor.

Es Cristo el auténtico cordero que se inmola, por cada uno de nosotros y en busca de nuestra redención. Contempla hoy la voz de Dios en el silencio de tu corazón, mira tu camino y acepta tu cruz para desde ella obtener la verdadera Vida; para junto al salmista poder decir:

en tus manos encomiendo mi espíritu,
y tú mi Dios leal, me librarás.
(Salmo 30)

Vive

Todo está cumplido, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Junto a los apóstoles vive el desconcierto de la pérdida del Maestro y el Amigo, el sabor amargo de las lágrimas de Pedro, la fidelidad de Juan. Junto a María vive la soledad y el escándalo de la Pasión, ofrece como ella el tiempo de la espera. Como ella no dejes que se extinga la luz y la esperanza que se adelanta a la blanca mañana en el huerto.

Jueves Santo in Cœna Domini

Primera lectura: Éxodo 12, 1-8.11-14
Segunda lectura: 1 Corintios 11, 23-26
Evangelio: Juan 13, 1-15

Hoy celebramos el día de la institución eucarística y del sacerdocio, el día del amor fraterno, del amor hasta el extremo. Es un día para recordar que la medida del amor es darse sin medidas.  Recordemos también de manera especial a todos los sacerdotes en nuestras oraciones.

Escucha

Este día será para ustedes memorable.

La primera lectura de hoy nos remite al origen de la fiesta de Pascua. Ese día que se convirtió en una fecha memorable para el pueblo judío porque alcanzaron la libertad. Pascua significa “paso”, paso de la esclavitud a la libertad. Para nosotros los cristianos, la Pascua es la fiesta en que celebramos el paso de la muerte a la vida, celebramos la libertad que nos alcanzó Jesús al vencer el pecado con su muerte y Resurrección. Celebramos la vida verdadera que Dios nos regala.

Escucha hoy la invitación que Dios te hace a la libertad y a la vida. ¿Quieres vivir esta Pascua con Él? ¿Quieres acoger la vida que te regala en esta Pascua?

Contempla

Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes… este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre.

La última cena es uno de esos momentos de la vida de Jesús que quedó bien grabado en el recuerdo de los apóstoles. Tal es así que lo recogen los cuatro evangelistas. Para Jesús también era un momento trascendental. Él deseó “tanto” poder compartir esa Pascua con sus discípulos. Esa Pascua sería diferente.

Te invitamos hoy a sentarte a la mesa con Jesús, y a participar de esta cena. Cierra los ojos, entra al cenáculo, escoge un puesto en la mesa y contempla a Jesús que después de lavarte los pies te invita a alimentarte de su cuerpo y de su sangre. Jesús se ofrece todo a ti, se entrega hasta el extremo, se hace pequeño y humilde para entrar en ti. El Señor nos dice hoy en la Eucaristía que amar es darse entero, ser alimento para otros.

Damos gracias a Dios por el don de la Eucaristía. Damos gracias a Jesús por quedarse con nosotros y regalarnos la dicha de llevarlo dentro. Esto es don y compromiso a la vez: llevar a Jesús dentro para darlo a los demás a través de nuestras obras.

El cardenal Cantalamessa nos dice que “también nosotros podemos decirle: Toma, esto es mi cuerpo. No hay nada de mi vida que no pertenezca a Cristo”. ¿Quieres darte entero a Jesús y permitirle habitar en ti, aunque eso implique hacer renuncias, deshacerte de actitudes contrarias al Evangelio, darte a todos?

Vive

Los amó hasta el extremo.

Para pertenecer del todo a Cristo, para que mañana podamos morir con Él en la cruz, para que el domingo acudamos con las mujeres al sepulcro y lo contemplemos vacío, para disfrutar con Él de su Pascua, para meter los dedos en su costado y creer, para que el Espíritu Santo descienda sobre nosotros en Pentecostés, para llegar a afirmar con San Pablo “no soy yo quien vive en mí, sino Cristo el que vive en mí”, y para entrar en el reino de los cielos, Jesús nos exige tres cosas.

La primera: dejarnos amar por Él, dejarnos lavar los pies por Él, y si es preciso, el cuerpo entero. El Papa Francisco nos dice: “Jesús os quiere un montón, solamente tenéis que dejaros lavar los pies.”

Segunda exigencia: Jesús nos ofrece su cuerpo y su sangre en cada eucaristía. Necesitamos de este alimento frecuentemente. Si aún no has hecho tu primera comunión empieza a prepararte en el catecumenado y comulga de forma espiritual, y si has recibido el sacramento, después de la confesión, busca este alimento. Las restricciones de celebraciones públicas en el contexto de la covid-19, impiden a muchos recibir hoy la Eucaristía. A pesar de esto, no dejes de dar gracias por el don de la Eucaristía. Pide a Jesús la gracia de recibirlo pronto de manera sacramental.

Tercera exigencia de Jesús: vivir amándonos los unos a los otros cómo Él nos amó. Creo que es la exigencia más difícil, sobre todo porque hay prójimos difíciles de amar. Pero pidamos en este día la gracia de amar a todos como Él nos amó.

 Oremos hermanos con el salmo 115:

El cáliz de la bendición
es comunión con la sangre de Cristo.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Evangelio (bendición de los guanos): Marcos 11, 1-10
Primera lectura: Isaías 50, 4-7
Segunda lectura: Filipenses 2, 6-11
Evangelio: Marcos 14,1-15,47

Escucha

¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Se acerca la fiesta de la Pascua y a Jerusalén comienzan a llegar judíos desde distintas comarcas. En medio de la algarabía y de los preparativos, entra sin pasar desapercibido Jesús, acompañado de sus discípulos. La multitud lo rodea, lo aclama y le da muestras de respeto y adoración. Jesús se ha ganado la admiración de muchos judíos. Su fama se ha expandido en Israel y lo reciben como a un Rey.

Escucha los gritos de la multitud y pregúntate qué sentimientos afloran en ti cuando te acercas a Jesús, cuando lo recibes en el sacramento de la Eucaristía. ¿Es Jesús el Rey de tu vida? ¿Se lo has dicho? ¿Jesús pasa desapercibido en tu vida cotidiana?

Contempla

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios.

¡Qué agradable es sentirse querido, admirado! Es muy estimulante recibir el aprecio y el respeto de los demás. Pero qué diferente se torna la situación cuando no eres “simpático” y empiezas a “molestar” por defender la verdad y la justicia. En esos momentos en que se experimenta la marginación, cuando te “anulan” con la indiferencia, los chismes y calumnias, quizás ahí nos acerquemos mejor a comprender un poco la humillación que experimentó Jesús.

Al entrar a Jerusalén, Jesús no hizo alardes. No entró con trompetas, ni en una lujosa caravana. Él sabe que ha llegado su hora. Esa bienvenida que le dan en Jerusalén no es más que el cumplimiento de una profecía. Jesús no se llena de vanagloria, al contrario, es humilde su corazón. Así de humilde ha de ser el nuestro para poder acercarnos a Él. La gloria de Jesús no está en los gritos del domingo de Ramos. Como escribe Martín Descalzo, “en la cruz está la gloria”.

Es en la cruz donde vence el Amor. Aun cuando parecía un fracaso, aun cuando Jesús clama “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, aun así, en la cruz se gesta la victoria de la Vida sobre la muerte y el pecado. Nosotros, cristianos, no pretendamos un mundo en el que reine el amor sin abrazar antes la cruz.

Contempla hoy a Jesús en dos circunstancias totalmente opuestas: la entrada triunfante a Jerusalén y la muerte en una cruz. Contempla hoy la cruz y pide en la oración la gracia de la humildad y de vivir con libertad ante la opinión que los demás tengan de ti, buscando siempre agradar a Dios.

Vive

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento.

El misterio de la redención nos deja inquietudes que solo a la luz de la fe podemos abrazar. Estas inquietudes, unidas a las carencias y a las dificultades que vivimos hoy, pudieran apagar el anuncio de la Buena Nueva si no nos esforzamos por permanecer unidos a Jesús. A veces callamos porque no sabemos qué decir o por miedo, y es que olvidamos que el Espíritu nos iluminará qué decir en cada momento. Lo cierto es que, si hemos conocido a Jesús y hemos creído en Él, no podemos callar el anuncio de la Buena Nueva de la Resurrección.

Esta semana vive de manera especial tu vocación de misionero: anuncia que Cristo entregó su vida por Amor a nosotros, para salvarnos. Transmite esas palabras de aliento a los más cercanos.

Oramos con el salmo 21

En ti confiaban nuestros padres;
confiaban y los ponías a salvo;
a ti gritaban, y quedaban libres;
en ti confiaban y no los defraudaste.

Solemnidad de la Encarnación

Primera lectura: Isaías 7,10- 14; 8,10
Segunda lectura: Hebreos 10, 4-10
Evangelio: Lucas 1, 26-38

Escucha                                                       

… el Señor les dará una señal: Mirad, la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros.

Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor, el día en que se manifiesta el amor de Dios hacia la humanidad entera, el día en que el Hijo de Dios se encarnó en el seno de María. Escuchamos el nombre que nos sugiere el profeta: el Emmanuel (Dios con nosotros). Su nombre ya es una palabra a nosotros: no caminamos solos, Dios está siempre con nosotros para acompañar, guiar y, sobre todo, amar y salvar.

María pertenece a un pueblo, a un tiempo, es heredera de una historia y aunque los días pasen uno tras otro con mucha similitud, Ella los vive con actitud de escucha y apertura a la novedad de Dios. Haz un momento de silencio interior y escucha hoy cuál es el mensaje o la señal de Dios para ti.

Contempla

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Tómate un tiempo y contempla el anuncio del ángel a María. Si es posible, como dice San Ignacio, haz composición del lugar y observa sus gestos al recibir la noticia de que va a ser la madre del Salvador. Contempla cómo acoge la noticia y especialmente cómo responde. ¿Qué sentimiento fluye en ti en ese momento?

Mira a tu alrededor, especialmente a las personas, contempla cómo son todas diferentes que vienen de distintas costumbres, familias, valores; y si piensas más grande, de distintas culturas, etnias, países; observa cómo Jesús se encarnó y vino al mundo por cada una de ellas como vino por ti. Luego pregúntate:

¿Por qué cosas te alegras en tu vida?
¿Qué anuncias en ella?
¿Anuncias la palabra de Dios con alegría?

Pídele la gracia a la Virgen de poder acoger, alegrarte y contemplar la propuesta de Dios para ti, como ella lo hizo.

Vive

Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.

Es normal sentir miedo al responderle a Dios como en la carta a los hebreos: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Pero si confías plenamente y te abandonas, como lo hizo María, Dios te guiará por el camino correcto. Es cierto que esto no quiere decir que no tengamos preguntas, sino que preguntemos y confiemos, porque con Él todo es posible, especialmente porque nos ha demostrado que nos Ama más que nadie en este mundo y que no estamos solos.

Por eso te digo: Vive y da testimonio de Dios con tu vida, como lo hizo María.